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    Domingo, Agosto 9, 2020
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Hoy desde un bosque enano en Amazonas por Elvis Cuevas de la etnia Omagua-Quechua

Nos interesan las historias de la gente y rotamos la mirada para ver lo que otros ven en tiempos de pandemia. Hoy publicamos esta crónica sobre un bosque enano que perfora de belleza pequeña el paisaje de árboles gigantes de la selva del Amazonas. Van Rosendo Yukuna-Matapi, Elvis Cuevas y Sergio León.

Primera entrega.

“El 7 de julio de este año, decidí a realizar una travesía con destino al Varillal. Con carga demoramos dos días desde Leticia para llegar al destino. En este sueño compartido nos unimos Rosendo Yukuna-Matapi, hijo de estas dos etnias; baquiano y amplio conocedor de la cultura de centro que ha acompañado a estudiantes de biología en salidas de campo; Sergio León amigo de Bogotá, observador de aves como yo, que soy observador de aves en mi región y a la fecha tengo regisradas aves de 546 especies.

Llegamos con la temporada de verano, que para la región ocurre entre los meses de junio a diciembre. Las lluvias cesaron y son por ahora intermitentes en esta temporada de la Pandemia. Sin embargo, esto no fue ningún obstáculo para adentrarnos en esta selva profunda y espesa. Algo se susurró en el viento, algo se me dijo en el arrullo de la corriente en la quebrada pelejo... algo despertó  mis sueños, mientras dormía en la pequeña maloca de dos aires, en mi primera noche. La maloca de la imaginación fue diseñada por Miguel Arcángel de la etnia Bora y mis instintos, en secreto, me indicaron que, algo sorprenderte y misterioso estaba por venir.

A medida que uno camina, nuestro cuerpo sedentario, se carga de más kilos de los que realmente llevamos sobre nuestros hombros, eso hace mella a medida que avanzamos en  senderos ondulantes y zigzagueantes que se pierden entre plantas de vertiginoso crecimiento. Muchas nos taponan con celo los tesoros del bosque húmedo tropical, pero nuestro entusiasmo funcionó e incursionamos en los senderos de la danta, el pecari, el venado colorado, el puma andino y el tigre mariposo. 


El brillo solar descendía en espiral como sopesando el contacto con el suelo acolchado de musgos, hongos, epífitas y arbustos, restos de troncos y plantas en proceso de descomposición…
Una que otra vez, nos detuvimos a pajarear, alertados por una bandada mixta de aves, con hábitos hormigueros… De pronto todo se silenció, escuchamos el gorgeo apacible de un individuo, al parecer extraviado. Nuestro oído agudo no fue suficiente para identificar a ese ser que se escabulló entre las cortinas tejidas de bejucos y lianas de varias especies, sin dejar rastro alguno, solo el sonido de fiu, fiu, fiu. Cuando decidimos volver al sendero principal, continuando con el camino, volvió de nuevo ese canto melodioso y nos alertó dejándonos saber a ciencia cierta cuál especie jugó con nuestras emociones.


Luego de horas de camino, una horda de puercos de monte pasó entre los chuquios de aguajales que se nos cruzaban al paso. Sobre el rastro de los puercos se posó Rosendo y nos dijo: el dueño de la selva los esconde, quizás andan por aquí, pero no los vemos, debo volver a las dietas que nos permiten localizarlas. Y pactar con el dueño, para que me deje cazar una presa, que servirá de comida para mis hijos.
Esa es la ley del monte: "supervivencia", así no estemos de acuerdo con la cacería furtiva, el amigo Rosendo no vive de la ciudad, sino del monte.


En las quebradas del Caimo y el Sufragio y en uno que otro arroyo nos detuvimos para hidratarnos con el riesgo de padecer una diarrea en casonde que el agua estuviera contaminada con las  heces de los animales. Nuestro positivismo nos hizo olvidar prevenciones, teníamos una fatiga mental con los cuidados del covid-19. De eso no quiero hablar, ni recordar, decía Sergio. Nos bastaba solo estar ahí. Al parecer ya habíamos cruzado las barreras del tiempo: era un presente que había que explorar, deleitarnos con la manigua, con la temperatura corporal y nuestro sudor que atraía zancudos y abejas que a veces se nos colaban por los oídos, desviando nuestra atención de las aves, poco comunes, y, quizás, de alguna nueva especie para la ciencia.


La segunda noche fue en la estación Zafire, centro de investigación de la Universidad Nacional, abandonado por lo que pude ver, pero que nos sirvió de albergue. Esa noche los tres tuvimos pesadillas colectivas con el dueño de la selva. Se nos presentó turnándose con la figura de un tigre mariposo agazapado y amenazante que, rugiendo, apagó la noche y atizó el desvelo. Estuvimos en guardia todo el tiempo ya que en el registro de una cámara trampa, capturó las imágenes de felinos, el más llamativo la Pantera negra afirmó Rosendo.


El tercer y cuarto día, llegamos a pajarear a un sitio que me impresionó, un lugar inimaginable, y lleno de secretos, el famoso Varillal, en el límite entre Colombia y Brasil. Era lo que sospechaba que iba a encontrar. Cubría un área de 400 metros, alberga uno de los ecosistemas más perfectos y frágiles. Puede desaparecer la abundante vida que guarda.
Del lado brasilero, en los años 80, se habilitó como pista de aterrizaje clandestino. Fue desastroso para la extinción o expulsión de especies del territorio, pero con el paso del tiempo volvió a recuperarse como refugio especial para la vida. Los gobiernos de Colombia y Brasil expulsaron a los narcos hace varios años. Ahora deberían declararlo patrimonio natural de la humanidad, por su gran biodiversidad y los efectos en la captura de carbono. Además por la importancia de supervisar y controlar lo que aún no se ha inventariado botánicamente y cuantificado ecológicamente, sin contar con la estructura del componente forestal.


Rosendo dice que uno de los intereses esenciales de los investigadores es la abundante arcilla azul, especial para moldear cerámica. Cuentan, aunque no estamos seguros de la veracidad en la información, del hallazgo de cerámica indígena, muy probable de grupos que se aislaron de otros por la persecución en la conquista de sus territorios.


El aire puro que pude respirar era distinto al de todas las selvas recorridas, no tenía el mismo aroma, sentí que mis pulmones se purificaron y que empezó una nueva vida. Luego, caminando entre los jardines de bromelias y orquídeas, me imaginé que aquí fue el laboratorio de la creación orquestado por nuestro creador. El Varillal lo decía todo.
"Ni en esta vida, ni la otra, serán suficientes para conocer la selva, el oro más puro de conocimientos. Es un bosque sobre arena blanca", altamente oligotrófico (estrato inferior del bosque), alto índice de endemismo, semi-caducifolio (plantas que pierden su follaje por temporadas); como lo describen las fotografías con un buen colchón de masa orgánica, algo curioso en este tipo de ecosistema. La tasa de descomposición es menor a la tasa de acumulación de materia orgánica. A esto se le denomina estratos de fitomasa y permite que el bosque tenga un microclima favorable para el epifitismo y hemi-epifitismo. En algunos períodos del día la radiación solar genera vapor de agua en el sustrato”.

Espera la segunda crónica. 

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