Hiere mi oído

  • ESCRITO POR:
    Laura Isabel Luna
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Entrevistas Auditum 2020

Ana Lidia Domínguez, invitada a Auditum 2020, nuestro festival de escucha, se dedica al estudio social del sonido hace más de 15 años. Esto significa que, como ella explica, está interesada en las relaciones sociales que se tejen entre las culturas a partir de los sonidos que producen quienes las integran. Deja claro que no solo se trata de música, sino de sonidos de la vida cotidiana y que es a partir de esa producción de sonidos y de la interacción con las personas que rodean a un individuo que este aprende a escuchar de determinada manera; a interpretar los sonidos, como si se tratara de una lengua. 
 
Sobre su trayectoria e intereses dice que tiene dos libros publicados: uno se llama La sonoridad de la cultura: Cholula, una experiencia sonora de la ciudad y otro, La dimensión sensorial de la cultura, en el que aparece un adelanto de la historia cultural del grito, en la que trabajó y aun no ha publicado, más algunos artículos de colegas suyos. Sus demás trabajos se encuentran disponibles para la lectura en Academia

Cuando se le pregunta por el presente, señala que su interés más reciente se enmarca en la  antropología de los sentidos; es decir, ya no solo se trata de reflexionar sobre el sentido del oído y la escucha, sino de pensar cómo a partir del tacto, por ejemplo, se dan interacciones y se producen relaciones sociales. Cómo la cultura a la que pertenecemos, explica, determina la manera en que interpretamos colectivamente las sensaciones a las que estamos expuestos. Continúa diciendo que una de las líneas que más la ha inquietado es el ruido y los fenómenos de violencia acústica en los entornos urbanos y cuando se le pide que aclare un poco este último concepto, precisa que no solo se trata de los problemas que produce la exposición a entornos acústicamente hostiles, sino de entender por qué en las ciudades se produce ruido; cuáles son las actividades o fuentes responsables de este tipo de sonoridad incómoda o dañina. 

El concepto de violencia acústica, dice,  está todavía en construcción, y aunque habitualmente o en un primer momento se refiera al ruido, es sabido que va más allá, por eso una de sus labores como investigadora, reconoce, es precisamente apotar a esa definición. El ruido normalmente se estudia en los entornos urbanos, porque estos albergan una cantidad de condiciones sociales, laborales y de producción, como las movilizaciones excesivas o la extensión ilimitada de los horarios de trabajo, que lo producen, que son propicias para que se dé. Añade que si el ruido, como concepto, cabe dentro de la violencia acústica es porque está demostrado que produce efectos fisiológicos y psicológicos adversos: se presentan dolores de cabeza, problemas cardiovasculares, estrés... Hay toda una serie de repercusiones en la población expuesta al ruido, como la dificultad para dormir y para concentrarse, pero además como los problemas de convivencia con los vecinos. 

Agrega, por otra parte, que ha incursionado en el estudio de la noción de ruido en contextos como el diseño y el uso de armas acústicas, pues muchos ejércitos del mundo han utilizado el poder del sonido para causar daño en los escuchas; lo han usado como arma de tortura,dado que, a un nivel muy elevado y a lo largo de varios días desestructura las defensas psíquicas de un individuo.  Dice que recientemente terminó de escribir el libro que mencionaba antes, sobre el grito, precisamente porque se ha usado como recursos para someter a otros, para imponerse sobre ellos, para hacerlos callar o para obligar una atención y una escucha no voluntarias. 

En este punto de la entrevista se le pregunta a Ana Lidia a qué se refiere en uno de sus textos cuando dice que escuchar es mucho más que un acto fisiológico e inmediatamente explica que lo que sucede es que la sensación auditiva no solo involucra el oído, pues las sensaciones acústicas no se perciben solamente a través de él. El sonido es vibración y la vibración la recibe el cuerpo completo. Esto es fácil de comprender cuando se trata de sonidos con un alto componente de graves, dice. En esos casos mediante ciertos resonadores que tiene el cuerpo, como el estómago, es posible percibir ese tipo de sonidos, aun si se ha perdido la audición. Hay personas sordas que tienen sensaciones acústicas, como el despegue de un avión o el disparo de un arma y esto ocurre en razón de que el sonido es una materia que el cuerpo capta por vía háptica; es decir, que también es táctil. Enfatiza en que quienes estudian el desarrollo in utero de los sentidos tienen claro que el tacto y el oído están estrechamente relacionados, no solo durante el desarrollo del feto, sino a lo largo de toda la vida de un ser humano. 

A propósito de esto, se le pregunta a  Ana Lidia por algo que menciona en otro de sus textos y es el hecho de que cuando los individuos se integran a la masa, durante una marcha, por ejemplo, en la que siguen a coro una consigna, se desatan en ellos comportamientos de devoción o seguimiento activados, en lo fundamental, por una respuesta corporal a ciertos estímulos sonoros. Comienza por decir que se ha interesado por la sociología de las multitudes y las percepción de los fenómenos sensibles dentro de ellas, que por eso ha comprendido que se trata de una ocasión en la que las personas están cuerpo a cuerpo y comparten una música o sonoridad que los engloba en un espacio acústico. Explica que un coro o un grito de protesta, en tanto sonido producido conjuntamente contribuye a que quienes hacen parte del grupo que lo emite actúen como cuerpo colectivo. Aclara que lo que sucede, como dice Michel Mafessoli, autor a quien se le debe el concepto de “tribu urbana”: el sonido actúa como una argamasa de la multitud. Permite que esta se mantenga unida y que quien esté dentro de ella se sienta parte de un todo, asumiendo transitoriamente conciencia de grupo. Esta persona se olvida un poco de su condición de sujeto individual, para sentirse parte de algo, insiste, y esto es lo que permite entender por qué allí donde la gente se congrega y comparte un espacio, pero además una experiencia sensorial que no solo es acústica, sino olfativa o de proximidad, afloran emociones intensas. Es la mezcla de todos esos estímulos, percibidos en conjunto o al mismo tiempo por un grupo de individuos, los que inducen la idea de cuerpo colectivo. Sin embargo, frente a este señalamiento es enfática en decir que tal señalamiento no debe desalentar el estudio de la conducta del ser humano dentro de las masas, pues estas cuenta con una potencia afectiva y creativa, que debe ser estudiada en su espicificidad. 

Siguiendo con las consideraciones acerca de la dificultad que tiene un individuo para abstraerse de los estímulos sonoros que comparte con otro, cuando está en medio de una multitud, pero, además, simplemente cuando comparte un espacio con alguien, se le pregunta a Ana Lidia por algo que es característico del sonido y es la dificultad para abstraerse de él, cuando no media la distancia. Se le dice a la invitada que el hecho de que cerrar los párpados, como se hace cuando alguien se quiere librar de una imagen que le molesta, no sea posible en el caso del sonido, evidentemente genera incomodidad, pero también podría crear condiciones para que, metafóricamente, el ser humano reflexione sobre su codependencia, sobre la imposibilidad de aislarse de los otros, con quienes comparte recursos y experiencias. 

Frente a esto Ana Lidia dice que esta característica del sonido es, precisamente, uno de los ejes de su tesis de doctorado. En ella se pregunta cómo se conforman los espacios sonoros a diferencia de cómo lo hacen los visuales u olfativos y agrega que comprendiendo las diferencias que presenta el sonido en este sentido hay que exaltar su capacidad de extenderse, de colarse por los techos y ventanas, de ser un intruso; es esa particularidad, dice, una de las razones de la existencia del ruido, al menos del modo adverso en que lo valoramos. 

Continúa indicando que usamos el término ruido para referirnos a sonidos que no son invitados, pues todos tenemos un espacio privado, en el que no queremos intrusos. Dice, además, que esta reflexión sobre cómo se comporta espacialmente el sonido ha sido también una preocupación de la etología, que ha encontrado que la idea de la privacidad, a diferencia de cómo se construye en el ámbito humano - es decir, mediante un esquema visual- implica, en algunos animales, tomar como referencia el espacio acústico: “ Hasta donde alcanza el sonido que pueden producir o hasta dónde pueden proyectar su voz es el equivalente de la extensión y límite de su espacio propio”. 

Hecho este señalamiento y volviendo sobre el punto preciso por el que se le preguntaba, dice que la manera que tenemos los seres humanos de entender la privacidad rechaza al que está próximo y que en las ciudades hay experiencias entre vecinos  que, como bien muestra la pandemia, en lugar de favorecer la convivencia, inhiben la apreciación del otro (y de lo otro); de espectáculos de la naturaleza, como el sonido de los pájaros cantando fuera, por ejemplo. Esto es así, porque es tanto el ruido y la contaminación auditiva en algunos lugares que se vuelve improbable que deseemos la presencia de otro o que tengamos las condiciones dadas para reparar en ella.

Es decir, en opinión de la invitada, la experiencia del sonido y de la escucha pueden favorecer la invisibilización del otro, en este caso ocultado por el ruido, o, por el contrario, en condiciones de relativo silencio o por lo menos en condiciones más favorables, mostrarlo e invitar a repensar la relación con él. Frente a la posibilidad de implementar pedagogías de la escucha, dice que debemos estar receptivos, percibiendo que el mundo suena. Esa sería, "si no una revolución, una ocasión para mejorar nuestra relación con el entorno. 

Cuando se le dice, ya para terminar la entrevista, que otro factor que hay que tener en cuenta es que la gente no siempre se ha sentido invadida tan fácilmente; es decir, que no siempre tuvo tan claros los límites de su esfera personal o la propiedad y potestad que tiene sobre sus bienes, dice que es importante entender esas diferencias culturales que se manifiestan en la percepción; esta, no solo como un mecanismo a través del cual se captan estímulos fisiológicamente, sino como un proceso intelectual a través del que se interpreta y se le asigna valor a lo que se siente o experimenta. La noción de intrusión, depende, por ejemplo, del modo en que las sociedades y las culturas conciben lo público y lo privado, de qué tan dispuestas estén a abrirle la puerta a los demás, afirma. Cuenta que en su historia cultural del grito una de las cosas que exploró fue, precisamente, a algunas culturas muy antiguas, cuya organización social estaba determinada por el uso de la voz alta, en las que las cosas que ocurrían a nivel comunidad (un enfermo o un perdido, por ejemplo) se gritaban, sin que esto llegara a molestar a nadie como ocurriría hoy. Había más tolerancia a algo que hoy llamaríamos ruido, dice, y se interpretaban de un modo diferente este tipo de estímulos. Lo que ocurría es que en aquella cultura había una asumpción de que eso que se dice a volumen alto y en el espacio públicodebía ser necesariamentede competencia colectiva; a todos les debía interesar lo que le pasaba a un miembro de la comunidad y con esto queda demostrado que las fronteras entre lo público y lo privado son móviles y se reconfiguran.