I N F R A

Proyecto de experimentación sonora para sordos

Guely Morató y Cristina Collazos de Bolivia; Ricardo Schnidrig de Argentina y Víctor Mazón de España son los creadores de I N F R A. Este proyecto de experimentación sonora para sordos surgió a raíz de una invitación que Morató hizo a los demás, mientras estaba al frente de Sonandes, Bienal de Arte Sonoro de Bolivia. La primera performance a la que INFRA dio lugar se presentó en Cochabamba, como acto inaugural de dicha Bienal y de eso hasta hoy I N F R A se ha consolidado como un grupo de trabajo. 

El reto que se les propuso inicialmente era adecuado para los perfiles de este equipo, pues Mazón desarrolla sistemas electrónicos analógicos y digitales que permiten captar frecuencias por encima y por debajo del rango audible; mientras que DLP, al que pertenecen Schnidrig y Collazos, hace un tipo de electrónica con medios analógicos que es posible compaginar con los sistemas en los que trabaja Mazón. Su participación en este certamen les sugirió, además, una misión: acercar determinadas manifestaciones artísticas a poblaciones a las que habitualmente no llegan y, para esto, sacarlas de los centros tradicionales de producción y exhibición. En aquella Bienal, dice uno de ellos, “la mayoría de las cosas pasaban en la calle”. 

Llevar arte a nuevos escenarios permite, no solo que otra población se beneficie de esta oferta, sino que los artistas se enriquezcan. Durante el tiempo que llevan desarrollando este proyecto han podido constatar uno de sus presupuestos de trabajo y es la idea de que escuchamos a través de todos los sentidos, no solo del oído. “Como suelo mover las piernas cuando estoy sentado frente a una mesa [cuenta uno de ellos], normalmente genero una vibración que la comunidad sorda percibe más fácilmente de lo que lo hacen los demás. Así, es claro para mí que, aunque en teoría todos tenemos un aparato perceptivo disponible para una escucha expandida, quienes oímos no necesariamente lo hemos desarrollado al punto en que lo han hecho los sordos”. 

En cuanto a lo metodológico habría que decir que aprendizajes como este solo son posibles dado que quienes hacen parte de INFRA no se acercan a los participantes de sus laboratorios con una actitud de pedagogos, no vienen a mostrarles qué es el sonido, sino a proponer una exploración conjunta que se nutre de lo que oyentes y no oyentes puedan aportar. Por otra parte, este laboratorio retoma visiones de la antropología y la sociología para ponerlas a dialogar con un saber tecnológico -más que científico-, derivado del quehacer, como músicos, de quienes integran el colectivo. Así los experimentos y ejercicios que proponen a los participantes, más aquellos que surgen sobre la marcha  tienen una intención no solo lúdica sino didáctica. 

“Resulta conmovedor ver cómo algunos de quienes participan en esta actividad se encuentran tan imbuidos en el trabajo o en la formación que este demanda que han perdido, igual que ocurre con quienes oímos, el hábito juguetón de acercar la cara a los altavoces, simplemente para percibir la vibración”, dice uno de ellos. Y anota a continuación: estas vibraciones se hacen más notorias cuando se “producen frecuencias por debajo del rango audible, usando un sistema modular -como hacemos nosotros-, que permite generar osciladores, LFO  o envolventes que hacen que una onda -por ejemplo la que emite un altavoz- tarde mucho más en hacer un ciclo”. Esto genera una vibración que, aunque no es sonido, aunque no es audible, es perceptible por los sordos y por quien quiera, bien sea a través del contacto con ella o sintiendo cómo resuena cuando entra en simpatía con una membrana que puede ser un globo o una superficie de madera.

Luego de explicar cómo trabajan, los integrantes de I N F R A señalan que la sofisticación y especificidad de su trabajo se enmarca en una tendencia que es perceptible, hoy, en festivales como la Semana de la Escucha, también organizado por el Exploratorio del Parque Explora, y es la de expandir su función, pues esta ya no consiste simplemente en mostrar un concierto o una pieza cerrada, como cuando se va a un museo, en los que hay cuadros “hechos” - o sea finalizados-, sino en contar con una oferta de talleres, conversatorios y seminarios, que, siendo espacios de formación no reglados, permiten acercarse a nuevas sonoridades. 

En otras palabras, dicen estos artistas, la labor de los festivales artísticos se ha modificado de tal manera que estos ya no solo ofrecen ocasiones para el disfrute o la contemplación de una obra, sino condiciones para ejercer una labor mucho más crítica en la que hay una parte de diversión, pero, también, de creación, de pensamiento y de diálogo sobre propuestas que no necesariamente son fáciles de ver o escuchar.